25 de agosto. Viernes. Beatus ille...
Los madrugones nunca vienen bien, sobre todo cuando se trata de vacaciones y de nosotros, je je. ¡Con lo agustito que se está en la cama doble!
Sin embargo, la ocasión lo merecía. Seguimos teniendo al grupo de argentinos mayores revoloteando en el comedor, dando alegría y bullicio a un momento nada tranquilo. En esta ocasión, no obstante, logramos revertir la situación, pues la excursión a Pontedeume poco después del amanecer tenía como objetivo visitar un lugar que ya habíamos conocido brevemente en el pasado, y que debía acercarnos a la naturaleza en toda su expresión: Las fragas do Eume.
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| Argentinos, corazón latino (traducido: gritos sin parar) |
Llegamos sin problemas. Está claro que la tecnología avanza y que con las nuevas aplicaciones móviles los navegadores consiguen milagros, como que el desorientado Chema (nada tiene que envidiar al anticuario de Indiana Jones, jeje), no se pierda en el viaje, y logremos cumplir los horarios. Sacamos las entradas, y esperamos el autobús, entre los gritos y fumeteos de otros turistas que nos hicieron recordar vecinos pesadetes. No obstante, no tuvimos mucho tiempo para las quejas, pues pronto un microbus con reminiscencias de otro similar en Granada nos invitó a subirnos para llevarnos hasta la cima, allá donde el Monasterio de Caveiro nos aguardaba.
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| Todavía te debo una, Winki Winki |
¡Por poco no lo contamos! El viaje fue lo más parecido en la vida de Patry y mía a estar en una montaña rusa. NO logramos asiento, por lo que nos situamos en la parte trasera del auto agarrándonos como buenamente pudimos. El conductor, directamente salido de la serie de dibujos de los autos locos, nos deleitó con una velocidad que ya querría para sí Fernando Alonso, haciéndonos vibrar con cada giro, bache y recodo, hasta el punto de ser plenamente conscientes de lo agradecidos que debemos estar todos los días de estar vivos.
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| Por fin comprendimos que los autos locos se basaron en el conductor de las Fragas |
Pero la superación de la prueba tuvo su recompensa posterior. El Monasterio, incrustado en mitad de la montaña, nos permitió admirar sus recovecos en una visita guiada en la que nos deleitamos con las vistas, y con la capacidad del ser humano para lograr lo imposible. Conocimos a unos simpáticos turistas que resultaron ser, cómo no, madrileños (es un clásico de los viajes, terminamos por conquistarlo todo, je je), y tuvimos la oportunidad de perdernos por la naturaleza en el rato que tuvimos de tiempo libre desde el fin de la visita hasta la vuelta en autobús. Patry se puso su disfraz de hada del bosque, y yo de sátiro, intentando perseguirla en la ribera del río Eume con mis pies de hobbit.
A la vuelta en Pontedeume, buscamos otra vez un pasadizo a los recuerdos, esta vez con premio. Patry logró evocar sus ojos de niña y localizar el restaurante donde estuvo en su niñez. Estaba algo cambiado, pero el sabor de los platos (qué maravilloso pescado, ¡¡¡mmmmmmmmmmmm!!!) hizo que valiera la pena.
Y vuelta al coche. San Andrés de Teixido, en mitad de los bellos acantilados de la franja oeste de Galicia, con sus puestecillos intentando vendernos pastas (hasta nos sentimos culpables, pues parecíamos los únicos inmunes a los encantos gastronómicos), vueltas y más vueltas por carreteras deshabitadas bajo una niebla creciente, y búsqueda posterior de una playa para conversar con el mar, con el encuentro inesperado con las playas de Pantín.
Fue amor a primera vista. Patry se puso su disfraz de sirena y correteó entre las aguas como si nunca hubiera salido de allí. Yo, con mi habitual reparo a tragar agua y sal, quedé en la orilla, haciendo alguna foto furtiva para recordar cuando ya no estuviéramos los guiños del destino, capaz de juntar en un mismo amor criaturas de mar y de secano, bella y bestia, felices ambas por haber compartido un día completo disfrutando de una naturaleza que siempre está ahí, pero a la que no siempre hacemos caso.
Para terminar, compra en el Gadis para el día siguiente comer en ruta de bocadillos, y Canal Viajar durante la cena para deleitarnos con otras maravillas, algo más lejanas, pero que tal vez logremos palpar en primer plano en un futuro no muy lejano.
Agotados, cogimos rápido el sueño, esperando continuar el maravilloso viaje al día siguiente, sabiendo que Pantín tendría otra visita, si no se torcían las cosas, antes de volver a casa.
¡¡¡Hasta mañana!!!



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